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miércoles, 10 de junio de 2009
Superhéroes INC: La Marca del Ángel Vengador (I)
Buenas a todos los lectores presentes. Lo que estoy a punto de presentar aquí será el primero de una serie de relatos basados en el JDR español Superhéroes INC, el cual se inspira en los archifamosos mundos de Marvel y DC para crear un juego de rol único en el que se mezclan realidades y épocas, dándonos la posibilidad de jugar con hiper poderosos mutantes hasta o con onmipotemntes dioses, pasando por magos místicos o sofisticados androides y armaduras de combate...
En estos relatos leeremos la vida de los NPCs que aparecerán a los largo de mis partidas vía foro, así como las partidas que hice como GM con mis amigos en tiempo real.
En la primera historia, nos dispondremos a disfrutar de los relatos de La Marca del Ángel Vengador, un artefacto de poder inmenso, que por una razón que os será de momento desconocida, ha pasado por múltiples portadores, a lo largo de diferentes épocas y mundos...

Y sin más dilación, os dejo asolas con mi relato... espero que lo disfrutéis.


Era una fría mañana de Marzo de aquella recién iniciada década la que nos emplaza en aquel callejón poco iluminado por la luz vespertina, perdido entre los innumerables inmuebles de Carabanchel.
Según decían, Franco estaba en las últimas, pero habían muchos que, a pesar de saber que era verdad, se empecinaban en asegurar lo contrario. España tendría Caudillo para rato, y si no, ya se encargarían ellos de que todo el trabajo que había llevado el atar y bien atar todo no se perdiese tras la funesta defunción.
Y él era uno de los que estaban dispuestos a darlo todo por mantener las cosas como habían estado siempre: como Dios mandaba.

El inspector Matamoros, al cual le gustaba bromear sobre su propio apellido, se adentraba callejón adentro junto a dos de sus hombres, ambos que, al igual que él, estaban asignados en la comisaría de Carabanchel alto. Esa comisaría sería igual que las demás si no fuese porque, gracias a la proximidad de la penitenciaría, era allí donde se aseguraba el futuro político del país.
Habían todavía demasiados maquis y comunistas pululando por el país, y su presencia ponía en peligro toda la paz que el generalísimo había llevado a las ciudades y pueblos.

Y precisamente, a uno de esos individuos peligrosos es a los que llevaban siguiendo la pista desde hacía varios días. Cuando desde el coche de incógnito, lo vieron adentrarse en aquella oscura callejuela, decidieron que era hora de ir tras él.
Aquel hombre los había oído acercarse. Y en vez de acelerar su paso, se detuvo, se dio la vuelta, y dio los buenos días a los agentes de policía con una sonrisa. Llevaba el pelo engominado y el bigote perfilado a lápiz. Su rostro era el de un hombre de mediana edad, con los rasgos afilados como una navaja de barbero, y con los ojos de un color gris profundo. Desde luego, ése no era el aspecto que cabía de esperar de un peligroso intrigante político en busca y captura.

Cuando se acercaron a él, aquel hombre les preguntó:
-¿Hay algo que pueda hacer por ayudarles, agentes?
-Pues sí, hay algo que podría hacer usted… -Dijo Matamoros- Para empezar, deme su documentación. Ahora mismo.
Aquel “Ahora mismo” pretendía ser la orden más atajante que el inspector hubiese dado en su vida. No obstante, aquel tipo sacó una billetera de un bolsillo interior de su impecable gabardina, la abrió por donde tenía todos sus carnets, y se la tendió a los policías, todo ello sin perder la sonrisa.
Y al Inspector Matamoros casi se le cayó el mundo al suelo cuando vio el yugo y las flechas en una cuartilla de cartón, junto a una foto del sonriente individuo y su nombre y apellidos.
-¿Es usted… -inquirió el policía intentando ocultar la sorpresa que reinaba en él- es usted miembro del partido?
-Efectivamente, caballero. Orgulloso falangista desde 1952, por cortesía de mi abuelo, que en paz descanse.
“1952…” recordó el policía. “Debe de ser él, sin duda”. Matamoros recobró la compostura. Los informes decía que aquel individuo usaba una identificación que podría ser falsa, y entre algunos de los documentos, se sospechaba que había un carnet de la Falange fechado el día 8 de Junio de 1952, a nombre de Federico Fernández Chapí, natural de Torredoblones, nacido en 1934. Clavó sus ojos en aquellos carnets y vio que, efectivamente, se trataba del sospechoso que estaban buscando.
“Bien… ahora tengo que actuar con calma. Debo recordar que este tipo es considerado como altamente peligroso”.
-Mire, señor Fernández; estamos investigando un asunto sobre una supuesta banda criminal organizada muy peligrosa, la cual creemos que se ha establecido en este barrio, o por los alrededores. Tenemos algunas preguntas que hacerle y quisiéramos hacérselas aquí mismo para evitarle a usted mayores problemas, pero… me temo que estas paredes tienen orejas y ojos. ¿Le importaría acompañarnos a comisaría para realizarle cuatro preguntas rápidas?
-Por supuesto que les acompañaré. ¿Dónde tienen su coche?
-Por aquí…

***

Más tarde, en la comisaría, metieron a aquel individuo en la sala de interrogatorios, el cual se sentó tranquilamente en su silla y esperó pacientemente con las manos entrecruzadas encima de la mesa. No pidió nada para la espera.
“Es extraño que un tipo tan apacible sea considerado como peligroso. Cojones, Miguelín, los años te han ablandado. Recuerdo que es un puto rojo, y que debes tratarle como tal.”

Entró a solas en la sala, con la carpeta que contenía los informes del terrorista que iban buscando bajo su brazo. Pese a todos los datos que tenían sobre él, su verdadero aspecto era todo un misterio. Si pudieron cogerle, era porque siempre usaba el mismo modus operandi. No obstante, antes de entrar en el departamento, lo habían inspeccionado a fondo, y no habían encontrado nada, ni armas ni explosivos. De nuevo, aquel hombre ni siquiera se enfadó.

-Bien, ha llegado la hora de sincerarnos. –dijo Matamoros de pié frente al sonriente hombre- he de confesarle una cosa: no existe tal banda criminal, y usted no ha sido traído aquí para unas simples preguntas, señor Fernández… aunque la verdad, supongo que no debería llamarle por ése apellido, ya que ambos sabemos de sobra que no es suyo.
-¿Insinúa que he robado un apellido? ¿Cómo voy a robar eso, si no se puede tocar, ni ver?
-¿Pero tú de qué cojones vas? ¿Te crees que puedes llegar aquí y empezar a vacilarme como si no pasase nada? ¿Te crees que estoy tonto del culo o qué? ¡Sé exactamente quién eres!
-¿Está usted seguro?
Ni siquiera entonces había perdido su sonrisa.
-Podrás reír todo lo que quieras, cacho mierda, pero a esta comisaría no podrás hacerle nada. Te hemos pillado sin armas. ¿Qué cojones se supone que vas a hacer ahora, eh? ¡García!
Acto seguido, entró en la sala el agente García, que le había acompañado esa misma mañana cuando metieron al terrorista en el coche patrulla. García tenía la fuerza y el cerebro de mulo, pero por suerte, sabia ser igual de leal. Era uno de eso hombres que parecían haber sido concebidos para el trabajo en el campo, con los brazos grandes y velludos, con el rostro ceñudo y barbudo.
Por suerte, aquel físico era perfecto para hacer que los arrestados se cagasen por la pata bajo al verlo, y para que escupiesen muelas ensangrentadas con cada una de sus caricias.
A pesar de todo, el sospechoso permanecía igual de tranquilo que antes.
-García, ya conoce usted el procedimiento…
-Le advierto, amigo mío, que eso no servirá de…

Antes de que pudiese terminar la frase, García dirigió un derechazo directo a aquel bigotillo recortado a lápiz, a la velocidad de un talgo con prisa de llegar a su destino.

El espantoso sonido de los huesos crujiendo hizo sonreír al inspector Matamoros. Pero la sonrisa se desvaneció al ver al agente García rodando por el suelo lloriqueando, con la mano hecha un espanto de huesos molidos y carne flácida. El agente había propinado un puñetazo capaz de perforar una pared de ladrillo, pero la cabeza de aquel hombre no se movió. Ni siquiera se quedó ladeada.

-Se lo dije. Eso sólo serviría para hacerse daño a ustedes mismos.
-García, vaya a enfermería ahora mismo y que le atiendan.
-Pero señor…
-¡Es una orden! ¡AHORA!
García salió a toda prisa de la sala, dejando a ambos solos.
-La verdad es… -Dijo Matamoros- que lo que pretendía era ver si realmente eras TÚ. Y cojones, lo que dicen es cierto. No sé que es lo que haces para volar por los aires todas las comisarías por las que pasas, pero… te aseguro que eso se acaba aquí. Y ahora dime, ¿Qué te impide el hacer lo mismo aquí?
-Eso, ¿Qué me impide hacerlo? Podría matar a todos sus hombres en cuestión de segundos sin ni siquiera levantarme de esta silla. Tal vez, lo que me impide hacerlo ahora mismo, es que hay algo que tengo que saber, razón por la que he venido hasta aquí.
-¿La razón por la que has venido? ¡JA! ¡Te hemos traído precisamente nosotros!
-¿Y eso no le da miedo? ¿Saber que por su culpa morirán todos sus hombres?
Un escalofrío recorrió la espalda del policía. “No me digas que…”
-Efectivamente. Me dejé arrestar para poder entrar, agente Matamoros… ¿O debería decir miliciano Matamoros?
-¡NO TE ATREVAS A…!
-Le conozco. En realidad, le conocí hace mucho tiempo, más o menos durante la guerra. Miguel Matamoros, miliciano al servicio de la Milicia Republicana, un hombre con unas excelentes dotes para ascender en la cadena de mando… y para torturar.
-¡CÁLLATE!
-Sirvió con gran fervor al bando republicano hasta que los fascistas ganaron la guerra, momento en el que cambió de orilla para seguir haciendo aquello que mejor se le daba: torturar. Y como usted, todos los hombres que hay aquí; antiguos carceleros, torturadores, interrogadores, brutos… gente incapaz de sentir nada por nadie, perfectos para servir fervientemente al Caudillo y a su causa.
-¡QUE TE CALLES HIJO DE PUTA! –El inspector Matamoros estaba hecho una furia. Respiraba con fuerza por las fosas nasales. Intentó calmar el tono de su voz, para adquirir un tono frío como el hielo:- Que sepas que esta comisaría acabará con tus fechorías. Tengo algo para ti, algo que te convencerá para que te entregues… ¡Mulero! ¡Entre ahora mismo!

Entonces, apareció en escena el agente Mulero. Al igual que García, imponía el respeto que impondría un úrsido rabioso, con la diferencia de que este oso era realmente grande. Mulero era bastante más estúpido que García, pero gracias a su mayor tamaño y fuerza, era ideal para atrapar a alguien y llevarlo de un sitio a otro sin muchas dificultades.

Y, en el caso de niñas de 17 años como la que llevaba arrastrando por los brazos como aquella, le bastaba con más bien poca fuerza.

-Bien, mira lo que te hemos traído aquí, cabrón… esta pequeña zorrilla ha sido traicionado por el rojo hijo de puta de su rojo, un melenudo que le ha metido la cabeza de tonterías, pero que la dejó tirada como una puta cuando llegamos a su zulo… ¿Serás capaz de matarnos a todos, incluida a ella?
La sonrisa se desvaneció, para dejar paso a una expresión sombría como el mismo corazón del diablo.
-Yo no la mataré a ella, porque el idiota que la está sujetando por el cuello le cortará la sangre del cerebro si no deja de sujetarla así. Dime, idiota, ¿Quién era tu madre, el chimpancé del circo, no? Porque seguro que tu padre era de aquellos que gustaban de “jugar” con las monas, tú ya me entiendes…
“Esto está yendo mal, muy, muy mal”. Matamoros no sabía de dónde había conseguido esa información, pero al parecer aquel hombre sabía que Mulero nunca conoció a su madre. Se estaba poniendo furioso, y corría el peligro de romperle el cuello a aquella muchacha si seguía ejerciendo fuerza.
-¡CÁLLATE! ¡TÚ NO SABES NADA DE MI MADRE! ¡NADIE LO SABE!
-Claro que sé de tu madre, todos saben de ella… no me extraña, la casa donde trabajaba era la más concurrida de todo Móstoles, y se decía que ella ofrecía los mejores precios del lugar.
-¡NO, NO ES VERDAD!
-¡MULERO, CÁLMESE! –Matamoros sentía que la situación se le escapaba de las manos.
-¡NO VOY A CALMARME! ¡MIRA LO QUE HAGO! ¡MIRA LO QUE HAGOOO!
Acto seguido, Mulero dio un simple giro de muñeca. Bastó para que se escuchase un “crac” que terminó con la vida de la pobre muchacha.
-Muy bien, lo han conseguido, caballeros… A esta comisaría le acaba de llegar la hora. –El hombre que habían detenido se puso en pié, con los ojos cerrados- Mi cometido aquí termina… ahora mismo.

Cuando el detenido abrió los ojos, Matamoros sintió como el terror, un terror que no había sentido nunca, se apoderaba de todo su ser. Aquellos ojos profundos y grises habían cambiado; ahora eran como dos ascuas ardientes, dos soles de un color rojizo como las llamas del infierno, de los cuales empezó a humear una leve brizna de humo anaranjado, que cada vez crecía más y más. De pronto, aquel brilló aumentó, primero poco a poco, y luego con un acelerón que no impidió al agente de policía ver como todo a su alrededor empezaba a arder primero, y a desintegrarse después. Creyó escuchar los alaridos de dolor del agente Mulero (¿o tal vez fuesen los suyos propios?), pero pronto dejó de sentir dolor, se vio sumergido en una profunda calma de color anaranjado…

Y después, nada más.

***

La explosión había salido bien, como siempre. No podía haber evitado quemarse parte de sus ropas, pero era un mal menor. Consiguió mantener la estructura del edificio intacta para evitar daños a los edificios de viviendas colindantes, por lo que la comisaría entera se había quedado chamuscada, y todos los bienes (y “males”) del interior reducidos a cenizas, pero el edificio no se derrumbaría sobre sí mismo.
Antes de partir, echó un vistazo a su alrededor, buscando algo. Cuando vio un bulto blanco en el suelo, se inclinó sobre él. Puso la mano sobre el punto que había sido dañado, y la mantuvo ahí hasta que escuchó un sonido semejante a un crujido escuchado del revés. Y luego, el bulto se incorporó.

-Uh, dios mío… ¡Ah! ¿Qué ha pasado? –Preguntó la muchacha.
-Te rompieron el cuello y todo lo que había dentro de la comisaría ha muerto, pero ahora estás a salvo.
-¿Pero cómo…? –Aquella chica no salía de su sorpresa. Todo a su alrededor estaba negro y requemado, pero las paredes permanecían intactas como si algún pintor especialmente malo hubiese decidido pintar las paredes de aquella forma tan peculiar.
-Ven, ahora tienes que estar conmigo.
-¿Qué le está pasando a tu cara?
-Oh, no te preocupes… tan sólo vuelvo a mi aspecto normal.
-Vaya, no imaginaba que…
-¿Qué?
-No nada… es que tu aspecto ha cambiado mucho de cómo era antes.
-Lo sé… dame tu mano y permanece bien cerca. Vamos a tener que salir de aquí, así que te aconsejaría que te pegases bien a mí espalda, porque no tenemos mucho tiempo.
-¡Ah! ¿Qué ocurre ahora? ¡Nos estamos…!
-¿Desvaneciendo? Sí, una de las cosas de ser invisible es que no puedes verte a ti mismo. No te preocupes, no duele ni nada, pero deberás ir con cuidado mientras caminas por los escombros…

Antes de desaparecer totalmente de su vista, aquella chica pudo ver que en la espalda de aquel hombre, había algo que creyó en un principio que era un tatuaje, aunque era el tatuaje más extraño que había visto en su vida. Se asemejaba a unas alas que surgían de sus omóplatos, pero cada una de las alas (de las CUATRO alas) estaban formadas por unas plumas angulosas y rectas, semejantes al filo de un cúter. Pero lo más extraño de todo, era su color y brillo.
Las cuatro alas centelleaban como el oro blanco recién pulido, y brillaba con el brillo de mil filos de navaja. Un momento antes de irse aquella visión de su vista, le pareció ver como la marca se iluminaba durante unos momentos, para luego desaparecer.

Ilustración por cortesía de Scythe

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Escrito por: PrrrK_03 a las 22:27 | 4 Comentarios
 
     
 
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